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La erupción en Hawái genera temores sobre el vulcanismo en la costa oeste de EE.UU.

Los 13 volcanes situados entre los estados de Washington y California forman parte del mismo Anillo de Fuego que el Kilauea, que no deja de expulsar lava, cenizas y bombas volcánicas.

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La alarmante erupción del Kilauea en Hawái ha obligado a los expertos mirar cautelosamente sobre los volcanes de la costa oeste de Estados Unidos que igualmente son parte de la región geológicamente activa del Anillo de Fuego. Todos los cráteres más peligrosos de EE.UU. forman parte de esta cadena tectónica y la mayoría está en la costa oeste, recuerda un informe del Servicio Geológico de EE.UU. que recoge AP.

“Hay mucha ansiedad por eso allí”, dijo a AP este sábado Liz Westby, experta del observatorio geológico de volcanología con sede en Vancouver, Washington. La agencia destaca que lo hizo desde la sombra del monte Santa Helena, un volcán activo del estado de Washington que muchos geólogos consideran el primer candidato a entrar pronto en erupción.

“Ven la destrucción [que ocasiona el Kilauea] y la gente se pone nerviosa”, admitió la mujer. Mientras tanto, en el lenguaje profesional son dos “sistemas aislados”: el hawaiano y el que forma la cordillera norteamericana entre el monte Baker, en el estado de Washington, y el pico Lassen, en California, pasando por Santa Helena. En total, la costa oeste alberga 13 volcanes en una cadena de 1.300 kilómetros.

La espectacular erupción del monte Santa Helena en 1980 se cobró decenas de vidas y contaminó con cenizas volcánicas a casi todo el país. En los últimos meses el comportamiento del volcán y todo el sistema ha sido “normal”, valoran los geólogos. Sin embargo, es uno de los dos potencialmente más destructivos, junto al monte Rainier, el cual tiene 4.270 metros de alto y se cierne sobre las ciudades de Seattle y Tacoma.

Las erupciones del monte Rainier en el pasado causaban destrucciones incluso a 80 kilómetros de distancia. “La lava no sería el peligro en sí, como es el caso en Hawái”, explicó el profesor jubilado de Geología de la Universidad de Montana.

Sin embargo, podría derretir rápidamente los glaciares, desencadenar enormes flujos de lodo: algo que amenazaría a los valles densamente poblados. Asimismo podría generar enormes nubes de cenizas asfixiantes y, para colmo, dañar los motores de los aviones a gran altura.

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